Justicia coexistencial

Martes, 30 Septiembre   

Ante la perspectiva anterior cabe pensar que la solución de un conflicto puede provenir no sólo del juzgador, sino también presentarse a menudo de los propios sujetos participantes, bajo la dirección de un tercero imparcial, que no necesariamente sea letrado, y que da motivo para la excursión hacia vías alternativas en el servicio de administración de justicia o sus equivalentes jurisdiccionales, y que sus intervinientes suponen tener una técnica que requiera el apoyo de una enseñanza previa y continuo entrenamiento posterior.

Históricamente se han presentado, por medio de la figura de: a) negociación; b) mediación; c) conciliación, y d) arbitraje, con sus matices muy propios para cada uno.

Así tenemos que la negociación es protagonismo fundamental de las partes, éstas son las que la inician y la llevan a cabo, no hay tercero intermediario, es actividad que realizan ambas partes, en directa comunicación (habitualmente asistidas por abogado) para lograr la solución del conflicto.

O también, comunicación de las partes, con sus abogados o no, normalmente sin la presencia de un tercero que desbroza el conflicto, es una interacción de ida y vuelta, para llegar a una solución evitando el litigio judicial. Puede igualmente aparecer la figura del nuncio, que es un tercero que merezca confianza en recibir el encargo de trasmitir (enunciar), referir lo que cada uno desea anunciar a la otra para que el diálogo negocial continúe pues las relaciones son tensas entre los enfrentados.

Mediación es el procedimiento no adversarial en que un tercero neutral y que no tiene ningún poder o autoridad sobre las partes, ayuda a que ellas encuentren una armonización de sus intereses, explorando fórmulas de arreglo. No hay reglas fijas en el modo de proceder; el intermediario está entre las partes ofreciendo su colaboración, dándoles asistencia y servicio a ambas en la elaboración de una solución adecuada para ellas no en un plan superior ni menos de imposición, sino en el mismo plano en que se encuentran los sujetos en cuestión. Por eso es un método no adversarial para la solución de conflictos.

Conciliación, procedimiento en el que las partes ayudadas por un tercero (conciliador) llegan a la solución del cuestionamiento que existe entre ellas mediante una transacción, es un modo bilateral para disponer del conflicto, a veces para suprimirlo, pero fundamentalmente para (armonizando las contrapuestas posiciones), superarlo o podríamos decirlo, sublimarlo; para ello es necesario sugerir el diálogo, procurar la solución y proponer el arreglo preparando a las partes para su aceptación y así tenemos mayor protagonismo por el conciliador.

Arbitraje, ya como justicia paralela a la del Estado pero con mayor flexibilidad o informalidad, debe caracterizarse por su celeridad, pero como en el judicial oficial tiene reglas de proceder, menos formales y debe actuar y fallar con equidad. En algunos sistemas encontramos incluso el aparato formal para ello a través de “cámaras arbitrales”.

Las susodichas vías alternas requieren forzosamente del conocimiento de técnica especializada para la consecución de su función teleológica como al inicio expusimos y que es propia para cualquier sistema de justicia, donde el Estado debe preocuparse para su realización al constituir lo que la doctrina señala como “servicio público esencial”. Además, y como consiguiente, se hace necesaria una adecuada preparación por medio de “escuelas judiciales” que implementen sus programas, no ya bajo el clásico diseño de la tradicional enseñanza de impartición de conocimientos, sino con la mira de dinamizar esas actividades desde el punto de la práctica de tales soluciones autonegociadas.

La preparación profesional de estos técnicos es importante para asegurar su idoneidad en obtener las negociaciones, la concertación, los arreglos; buscar puntos de contacto, guiar a los intervinientes, acercarlos en sus respectivas posiciones contrapuestas; para eso contarán con conocimientos específicos en tales materias, en estrategias de negociación de psicología, sobre todo con una visión clara para dar soluciones de equidad, de piedad, buscar “lo justo”, lo humano, no lo meramente formal o técnico, que se logre penetrar en el conflicto realmente humano que subyace dentro del pleito, y con eso obtener un equilibrio o armonía en la desavenencia que separa a los contendientes, debiendo prever cualquier otra cuestión hacia el futuro para evitarse nuevos conflictos; por eso debe tener una visión futurista, si no hace infructuosa su labor.

Debe contar con condiciones éticas, morales e intelectuales bien reconocidas, con suficiente experiencia de la vida (la conocida “mundología”), que respalden su actuar en esa función conciliatoria o arbitral.

Igualmente a lo anterior, surgen cuestionamientos ante la problemática acerca de:

a) La necesidad de incorporarlos de manera obligatoria o no; que sean procedimientos paraprocesales; o bien, como requisitos previos de procedibilidad, o sea, como una fase preliminar antes de poder acudir al proceso;

b) Su oportunidad de ser previo (preprocesal), o dentro del proceso (intra) después de trabajar la litis, o bien, en cualquier momento en el trámite ya del enjuiciamiento;

c) Fijar las materias propias para estos métodos de manera enunciativa o limitativa, como podría entre otros versar cuando se ventilen asuntos sobre problemas de familia, menores de edad, pensiones alimentarias, custodias, los de carácter patrimonial en el orden civil o mercantil, negocios de menor cuantía inferiores a un tope legal donde deban someterse obligatoriamente a tal sistema;

d) Se deben instrumentar reglas para que opere el principio de reserva, de confidencialidad, como el secreto profesional, de tal forma que lo cuestionado en esta fase alternativa no se invoque posteriormente como arma para atacarse las partes en el supuesto que fuera inevitable el litigio ante el juez, pero también equilibrarlo cuando ella sea simple pretexto para emplearla como instrumento de dilaciones procesales por uno de los sujetos participantes que actúe de mala fe, simplemente para obtener el mayor tiempo posible, o enterarse de todas las potenciales defensas de su contraparte, contrariando así los básicos principios deontológicos.